Anacleto González Flores, un católico fiel a la Iglesia y a su pueblo hasta la muerte

“Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la serenidad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria…

¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!”


– Beato Anacleto González Flores

Beato Anacleto González Flores, valiente confesor de su fe y defensor del derecho de su pueblo a vivir con dignidad y plenitud su derecho a la libertad religiosa.

Por el P. Fidel González Fernández. Una Voce BAJA. 29 de julio de 2019.

Durante los años de los conflictos del Estado mexicano revolucionario con la Iglesia y de la persecución contra sacerdotes y los católicos más activos, hubo algunos de estos que se distinguieron por su total entrega a la fe; por ello sufrieron penalidades y persecuciones sin fin e incluso la muerte. Tal es el caso del joven abogado jaliciense Anacleto González Flores.

Uno de mis alumnos en la Facultad de Historia de la Universidad Gregoriana de Roma hizo su tesis de licenciatura sobre este valiente confesor de su fe y defensor del derecho de su pueblo a vivir con dignidad y plenitud su derecho a la libertad religiosa. Así escribe en el prólogo de su trabajo mi buen amigo Juan Carlos González Orozco, de San Juan de los Lagos, sacerdote alteño, aprendiz de historiador sobre la Cristiada y los Mártires cristeros:

“Para un alteño (Acatic, mi pueblo, pertenece a los Altos de Jalisco) es doblemente difícil la objetividad a la hora de valorar la Cristiada, porque de alguna manera los herederos de aquella gesta libertaria somos parte de ella, y ser sujeto de una historia compromete a una mayor capacidad de valorar el conjunto, en el que han de contar también las voces diversas, no tanto por ser diversas cuanto porque contribuyen a profundizar la comprensión de la realidad. Debo reconocer, pues, que me siento profundamente identificado con la ‘gesta cristera’; muchas veces acercarme a esas páginas de angustia, sangre y gloria, significó conmoverme cuanto un hombre puede conmoverse; no por el olor a pólvora de los guerrilleros del Ejército Libertador; no por la audaces acciones de la Liga; sí por el exilio de tantos obispos, sacerdotes y religiosas o las desesperadas gestiones diplomáticas en busca de un acuerdo; sí por el pueblo católico que supo hacer de la tragedia libertaria un motivo de esperanza.

Me impresiona un pueblo que a la hora decisiva hizo una clara opción por Jesucristo, sin medir sacrificios, sin calcular las posibilidades de éxito o de fracaso, sin condicionar su fidelidad a la Iglesia, sin distinguir edad, sexo o condición social.

Y vimos niños, adolescentes, adultos y viejos, derramar su sangre por defender su derecho a creer, contentos de morir perdonando con tal de ir al Cielo; vimos mujeres morir por Cristo, vimos hombres, campesinos, obreros, profesionistas, profesores e incluso soldados federales (ciertamente la mayoría de los perseguidores eran cristianos).

Cómo no conmoverse antes los pastores que no huyen cuando sus ovejas son amenazadas, que las asisten en medio de indecibles fatigas

Cómo no sopesar la caridad y la fe de aquellos seminaristas que perseveraron en medio de grandes tribulaciones y negras perspectivas; ellos son no la única, pero sí la más grande prueba de que no buscaban el sacerdocio por intereses mezquinos, como tanto se ha insistido, sino por motivos de fe.

Es cierto que hubo diferentes tipos de cristeros, es decir, diferentes modos de luchar por la libertad de la Iglesia: los alzados, los que apoyaban el movimiento con la resistencia pasiva y proporcionando armas y víveres a los grupos en armas, y los opuestos a la lucha armada. Muchos de ellos se ubicaron sucesivamente en varias de estas posturas, lo cual habla de la grave crisis de conciencia en la que no pocos se encontraban y de la carencia de un criterio un criterio uniforme, comenzando por el episcopado; o tal vez ‘más arriba’… En efecto, ni la Iglesia ni el Estado son instituciones monolíticas, sincronizadas perfectamente donde al interior todos piensan igual y actúan en la misma dirección. Además, es explicable que sobre la marcha se modifiquen las decisiones.

Lo mismo pasó conmigo: inicié convencido de que la lucha armada era la decisión correcta y que los arreglos constituyeron un error fatal que abrió la puerta a lo que Vargas Llosa llamó ‘la dictadura perfecta’, y Cosío Villegas, ‘monarquía sexenal’. Con el respeto que me inspira la decisión de muchos católicos por la lucha armada como legítima defensa, agotadas todas las posibilidades pacíficas de solución, considero que la paz debió prevalecer; lo digo con temor a que Calles, Obregón o Cárdenas me acusen – sin fundamento, como siempre – de predicar la resignación. Lo digo con la convicción de que Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz tenían razón desde el principio: la vía más acorde con el Evangelio era la paz.

Una última cosa he de decir: me sorprendió la lectura de un artículo de Servando Ortoll titulado ‘Reportes consulares e historiografía del fenómeno cristero’, que se dedica a buscar en la Iglesia las ‘explicaciones’ del inicio y del término del conflicto armado[1]. No creo que debamos buscar la causa primera de la Cristiada en la Iglesia (Vaticano, Episcopado Mexicano, Liga); es decir, en las opciones que llevaron a la suspensión de cultos, en las actitudes defensivas (unos a favor de la transigencia, otros de la resistencia pasiva o activa, unos más de la lucha armada). Se ha de buscar la responsabilidad en el Estado, en las leyes, pues la Iglesia estaba respondiendo a la clara agresión de un Estado que pretendía imponer a sangre y fuego las ideas de una minoría.

Si muchos no fueron capaces de resistir la violencia pacíficamente, perdonando, y más bien optaron por defender la verdad con las armas y la violencia porque les pareció que era el último recurso, no creo que podamos condenarlos, ni como jueces ni como historiadores. Podemos reclamar los excesos, pero no tenemos derecho y nadie lo tuvo de exigirles a los cristeros que perdonasen y resistiesen la injusticia, reiterada y cerrada a todo arreglo; ese es el mensaje del Evangelio, pero el Evangelio es libertad, es una invitación, no es una coacción. Todos podemos exigir justicia, equidad, legitimidad, pero nadie tiene derecho de exigir lo que es gratuidad absoluta, acto libre de amor, misericordia, mansedumbre; ese es el mérito de los santos y de los Mártires, pero no el deber de los ciudadanos.

Del licenciado González Flores, quise profundizar sobre todo sus ideas socio-políticas y la manera como éstas incidieron en el movimiento católico que desembocó en el estallido de la lucha armada de 1926-1929. Ahora bien, el conflicto religiosos de esos años no es un fenómeno aislado, forma parte de un enfrentamiento más amplio entre la Iglesia y el Estado que renace violentamente en esos años. El catolicismo social del que González Flores fue heredero y uno de los actores principales, representa al polo combativo católico en el cual el gobierno, con razón o sin ella, reconoció un rival, una amenaza y el blanco ideal en su lucha contra la Iglesia”.

¿Quién era Anacleto González Flores?

Abanderado de la lucha pacífica, artífice incansable de la unión y organización de los católicos, enérgico defensor de la libertad religiosa y activo difusor de la doctrina social de la Iglesia, el abogado jalisciense Anacleto González Flores nació en Tepatitlán en 1888 y murió en Guadalajara a los 39 años de edad, torturado y ejecutado en el Cuartel Colorado sin ninguna formalidad.

En 1908 ingresó al Seminario de San Juan de los Lagos, mismo que abandonó para estudiar Leyes en Guadalajara en 1913. Viviendo en medio de penurias económicas, aliviadas en parte con modestos empleos, no suspendió su ritmo de intenso estudio y apostolado. En torno suyo fue congregándose lo que más tarde sería el núcleo inicial de la ACJM en Guadalajara, que lo reconoció como su guía. Difusor entusiasta del Partido Católico Nacional desde 1911 y del Demócrata en 1918, pronto se constituyó en uno de los católicos más activos en el campo cívico con la fundación de círculos obreros, cooperativas y círculos de estudio.

Cuando en 1918 el gobierno del estado de Jalisco pretendió aplicar el artículo 130 constitucional, limitando el número de sacerdotes y reglamentando el uso de los templos, Anacleto González, con la ACJM, desplegó todo un movimiento de resistencia pacífica que se extendió por todo el estado y que incluía el boicot, el luto y los manifiestos, mientras la arquidiócesis de Guadalajara impedía la eficacia de la nueva reglamentación suspendiendo el culto en los templos y trasladándolo a las casas. Después de 8 meses e intensa lucha, el Decreto 1913 y su reglamento fueron derogados.

De este éxito se sirvió para diseñar la estrategia a seguir cuando en 1925 se repitió la historia en Jalisco: esa misma táctica de lucha pacífica, de discursos dirigidos al Congreso y de boicot económico se implementó a nivel nacional en 1926. Para entonces ya había fundado la Unión Popular, inspirándose en la Volskverein alemana, algunos meses antes de que a nivel nacional surgiese la Liga, que también tendría el objetivo de unir y coordinar a los católicos, como se había probado en Jalisco.

Cuando en 1926 iniciaron los alzamientos cristeros en el occidente del país, sobre todo en Jalisco, habiendo sido agotado todo medio pacífico, ante la propuesta insistente de la Liga de secundar su opción por la vía armada y convencido de que el episcopado no condenaba la lucha, aceptó el cargo de delegado regional de la Liga y por lo tanto se convirtió en el brazo de apoyo de la insurrección católica en defensa de la libertad religiosa. Oculto desde finales de octubre de 1926, fue capturado y fusilado el 1º de abril de 1927.

P. Fidel González Fernández

“México, tierra de Mártires”

*transcripción del libro “México, tierra de Mártires”, del P. Fidel González Fernández por Una Voce BAJA, un Capítulo de Una Voce México.

 

Sobre el Autor:

El P. Fidel González Fernández, experto en el Acontecimiento Guadalupano, es el Postulador de la Causa del niño cristero San José Sánchez del Río y miembro del equipo postulador de la Causa de Don Vasco de Quiroga. El pasado 28 de mayo de 2019, el Padre Fidel recibió de manos del Papa Francisco el reconocimiento “Pro Ecclesia et Pontifice”, por su servicio a la Iglesia y al Papa, cuyo acto solemne se llevó a cabo en las instalaciones de la Pontificia Universidad Urbaniana, institución educativa que forma parte de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Misionero Comboniano; Doctor en Teología (Salamanca), Doctor en Historia (Gregoriana de Roma), Doctor en Humanidades (Puebla de México), diplomado en Archivística (Escuela Vaticana de Diplomática y Archivística); profesor de Historia en las Universidades Gregoriana y Urbaniana; y más recientemente Doctor Honoris Causa por la UPAEP y coordinador general del “Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina”, realizado en colaboración con la UPAEP. Director del Diccionario de la Historia Cultural de la Iglesia en América Latina (www.dhial.org). Tiene en su haber más de doscientas obras y artículos de carácter histórico.

Es también consultor vaticano de las Congregaciones para las Causas de los Santos y para la Evangelización de los Pueblos. Ha intervenido en numerosas Causas de Canonización, publicando numerosos estudios de carácter histórico sobre tales aspectos.

El Padre Fidel González Fernández fue uno de los tres integrantes, junto con Monseñor José Luis Guerrero Rosado y el Padre Eduardo Chávez Sánchez, de la Comisión Histórica que se formó en 1998 para la segunda etapa de la Canonización de Juan Diego, que hizo posible que en la mañana del 21 de julio de 2002 el Papa Juan Pablo II lo inscribiera en el Catálogo de los Santos. [Fuente: VoxFides]


[1] SERVANDO ORTOLL, “Reportes consulares e historiografía del fenómeno cristero”, en RODOLFO MORÁN Q (coord.), La política y el cielo, movimientos religiosos en el México contemporáneo, Universidad de Guadalajara, Guadalajara 1990, 59-71.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. isofijuarez dice:

    Reblogueó esto en isofireportay comentado:
    ¡Viva Cristo Rey, viva!

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